Siluetas
El mar tiene muchas caras.
Cada día una mirada distinta.
Escucho el romper de sus olas
mientras contemplo su ir y venir.
Las personas se me figuran al mar.
Imposibles de contener, poseer o descifrar.
Con abismos llenos de misterios de engañosa profundidad.
La constante dualidad entre su poder devastador y gentileza, me perturba.
Una vez, estuve a punto de ahogarme.
Me adentré a un cuerpo de agua sin saber flotar,
olvidé la intuición y mi propio peso terminó hundiéndome.
El bello reflejo estuvo a punto de quitarme el último aliento.
A partir de ahí, solo nado en mis aguas.
Aunque son crudas y me pierdo seguido,
no he vuelto a sentir la desesperación de quedar sin aire.
Ahora, es desde mi propia vastedad donde juego con otros.
Ojalá eso lo hiciera más sencillo,
pero esta autonomía tiene su desafío.
Me revuelca una y otra vez, desorientada y aturdida,
no se si estoy en el fondo o la superficie.
Por eso voy despacio, y poco a poco fluyo.
Descanso de muertito, miro las gaviotas,
me relajo si los peces exfolian mi piel,
y dejo que las estrellas me guíen.
Una mañana, tropecé con un río,
su movimiento constante y fresco removio mi inercia
y como viejos conocidos platicamos hasta el amanecer.
Veo que en el fondo somos una corriente,
y disfruto estos momentos de integración,
sin subordinación pero con interdependencia.
nos relacionamos a veces en armonía y otras con torpeza.
Oportunidades de celebración y gozo
donde honro aprendizajes y fortalezas
afinidades y diferencias.
Una conexión que me regresa a casa,
al reconocerme, en el camino del otro.